Vittorio Emanuele Orlando

(Palermo, Sicilia, 1860 – Roma, 1952) Político italiano. Licenciado en Derecho, llegó muy pronto a la cátedra universitaria, primero en Palermo y a partir de 1901 en Roma. Entró en la política como diputado del Partido Liberal en 1897. Se acomodó de modo profundo a la sociedad de su tiempo, por lo que pudo mantener una posición abierta en relación con los nuevos problemas políticos y sociales.

En 1885 había publicado una de sus mejores obras: Sobre la resistencia política individual y colectiva, en la que examina la solidez de las instituciones democráticas y sus relaciones con el individuo, preocupado en salvar la libre voluntad de este último en el juego de las fuerzas políticas. Excluía una revolución política, dadas las condiciones de la Italia de entonces, en tanto que admitía el peligro de una revolución social; y los movimientos producidos al poco tiempo demostraron cuán justa había sido esa previsión.

Un sincero espíritu democrático llevó a Orlando a apoyar, a comienzos del nuevo siglo, el experimento de Giolitti, con el que éste intentaba establecer nuevas relaciones entre el Estado y los ciudadanos, que llegarían a ser totalmente iguales: dijo él entonces, en oposición a los temores y los miedos de los conservadores, que la política interior de Giolitti aparecía conforme a la ley y al derecho, aprobando así, con su opinión de ilustre jurista, la nueva dirección del Gobierno. Con el mismo Giolitti fue ministro, una primera vez, de Instrucción Pública (1903-1905), y por segunda vez, de Gracia y Justicia (1907-1909).

Hombre todavía tenazmente vinculado a las pasiones del “Risorgimento” italiano, sintió verdaderamente la primera conflagración mundial como guerra de la nacionalidad, como la guerra que había de completar el largo proceso de la unificación italiana. Así, cuando después de la derrota de Caporetto, sucedió a Boselli en el cargo de primer ministro, con sus grandes cualidades de animador y con su profunda confianza en la justicia de la causa arrastró a todo el país a la revancha y a la victoria. En tales momentos, dio libre curso a su pasión nacional, porque, si algún defecto tuvo, como ha escrito Marcello Soler¡, fue “el de desconfiar de su idealismo y de sus flamantes cualidades, que trató algunas veces de amortiguar por temor de parecer un ingenuo”.

Después de la guerra, defendió en la Conferencia de la Paz los derechos de Italia; pero se enfrentó con la oposición entre las aspiraciones nacionales y las tendencias imperialistas, de modo que prefirió regresar a Italia antes que suscribir peligrosas renuncias. Poco después, puesto en minoría en la Cámara, hubo de dejar el cargo a Nitti, que había sido uno de sus oponentes.

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